Posmodernismo y posverdad

El término posverdad hace referencia a la sensación actualmente imperante de que la verdad como principio legitimador de lo real está desapareciendo o se está pervirtiendo.

Que la verdad como fuerza motriz de la realidad pierda consistencia no es hecho baladí, pues sin verdad no hay realidad  o lo que es lo mismo hay una realidad que fluctúa en función de los intereses que otros nos intenten imponer.

Si la verdad es inconsistente, la realidad se hace inconsistente y la vida, por tanto, aún más problemática, más  difícil de entender y el hombre pierda referencias en torno a las que encauzar sus opiniones, y por tanto su comportamiento.

Tenemos como resultado un individuo atribulado, perplejo, sin saber a qué atenerse. Un individuo que ante la infinidad de posibles verdades desiste de esta por agotamiento, por hastió, en definitiva por saturación.

A nuestra cultura posmoderna actual basada en la relajación de las costumbres y  creencias se suma ahora, por tanto,  la vorágine de sucesivas opiniones y datos de internet y  de las redes sociales.

Ya en la “Era del vacio”, Guilles lipovetsky explicó que la excesivas posibilidades de elección creaban un individuo más relajado y manipulable, un individuo anclado en la indiferencia pura.

la apatía responde a la plétora de informaciones, a su velocidad de rotación; tan pronto ha sido registrado, el acontecimiento se olvida, expulsado por otros más espectaculares. Las declaraciones de un ministro no tienen mayor valor que un folletín”.

Si al individualismo posmoderno que busca legitimar su individualidad como principio de toda norma añadimos también una verdad que pierde consistencia por saturación, tenemos como consecuencia lógica una verdad que se basa no en principios racionales ni en hechos demostrables, sino una verdad que apela a la subjetividad, a las emociones; no a la razón común sino a la subjetividad particular.

La posverdad, por tanto, al desistir de una verdad objetiva y común se presenta  como una verdad interpretable, un producto más de consumo, cuya razón de ser no atiende a hechos demostrables sino a las emociones de cada uno. Al hombre posmoderno se le ofrece por tanto la posverdad como una verdad a su gusto.

Ciertamente lo que se considera verdadero y falso ha ido oscilando a lo largo de la historia en función de diferentes criterios que podemos resumir en tres.

Una verdad revelada a través de un principio de autoridad religiosa, una verdad basada en la fuerza de la legalidad y de las costumbres y más recientemente en la era moderna, una verdad basada en principios racionales nacida de la ilustración.

Sin embargo, en nuestra era posmoderna ha surgido una nueva verdad que no atiende a principio de autoridad alguno ni a demostración empírica que valga, una nueva verdad basada en las emociones de cada uno. Una verdad individual elegida a fuerza de sentimientos y por tanto una verdad irracional.

Posmodernidad y posverdad son dos realidades intrínsecamente unidas.

Si el individuo ha de crearse una existencia a la carta donde elegirá un tipo de religión, un tipo de dieta,  una moda concreta, una actividad física, una forma particular de entender las relaciones sexuales o una ideología a su gusto, ¿ por qué no puede elegir entonces el tipo de verdad que más se adapte sus necesidades?.

La lógica capitalista de la posmodernidad de tanto fragmentar la realidad y las creencias comunes ha trivializado por extensión el concepto mismo de verdad, y al igual que esta no busca convencer por medio de la razón sino seducir a través de las emociones.

¡ Sed felices!

Apenas queda ya lugar alguno para los diferentes, para los alienados, para los nefastos, para los aguafiestas, para los que van a contracorriente, para los que en fin, tienen la fea y mala costumbre de no querer ser como la mayoría, de no querer abrazar la vida, toda ella tan abierta, tan alegre, tan llena de oportunidades.
Una vida donde priman los colores alegres, la cordialidad, la confianza, la empatía, una vida como nunca antes se había vivido. Una vida tan increíblemente llena de felicidad.

Pero ni los melancólicos, ni los apesadumbrados, ni los que sufren mal de amores, ni los enfermos, ni los marginados, ninguno de ellos quiere jugar al juego de la felicidad que esta maravillosa sociedad nos ofrece tan desinteresadamente.

Y no será por insistencia, pues en las salas de cine, en las paradas de autobús, al enchufar la radio, al ver la televisión, al observar la bonitas frases de tu oficina, al leer esos slogans tan motivadoras de un restaurante, en todos estos sitios y muchos más se está insistiendo continuamente en que la felicidad plena está al alcance de cualquiera.

Pues no, a pesar de toda esta constante exhortación a la felicidad, ellos no consiguen ser plenamente felices.
Acaso no puede un slogan positivo, un frase tal que así, “ante las adversidades, lo mejor de ti acudirá a tu rescate”, levantar la moral de un enfermo terminal de cáncer, de un desempleado, o de alguien que sufre de angustia existencial. Acaso no entienden el poder de la positividad, el poder de los colores combinados, el poder de las sonrisas dibujadas, de las frases alegres.

Porque esa manía de no querer ser felices la 24 horas del día si se puede. Porque un enfermo no quiere ser feliz si esta sociedad continuamente le insiste y le insiste y le vuelve insistir en ello.
Acaso quieren ser unos aguafiestas. Quieren que los demás no seamos felices. ¡Sed felices!, maldita manía la suya.

Proceso de Institucionalización

En la mas que recomendable pélicula “cadena perpetua” uno de los personajes habla del proceso de institucionalización refiriéndose a un compañero de celda.
Institucionalizarse, por tanto, significa para este personaje, -Morgan freeman dixit-, percibir con aceptación y normalidad una situación o hecho que de por sí es anómalo, es decir: contrario a normalidad.

Pues bien, si cambiamos el escenario y sustituimos cárcel por sociedad libre y preso por individuo en plena libertad, podríamos extrapolar el sentido de dicho término y aplicarlo con total normalidad a este hombre del siglo XXI.

Son prácticamente inabarcables la cantidad de situaciones o hechos que a diario aceptamos con normalidad y que, sin embargo, son hechos anómalos solo que que a fuerza de convivencia y repetición han sido normalizados, esto es: los hemos institucionalizado.

Hechos simples y en apariencia superfluos pero que nos pueden hacer ver hasta que punto la institucionalización esta en nosotros.

Por ejemplo, aceptamos como normal que nos vendan tabaco y a la vez nos digan que dejemos de fumar porqué el tabaco mata. Aceptamos como normal que una empresa guarde nuestro dinero y nos cobre si le pedimos que nos lo devuelva. Aceptamos como normal el total rechazo a cualquier forma de violencia pero aceptamos con normalidad la violencia extrema en el cine o en los videojuegos. Aceptamos con normalidad que nos vendan un coche de altísima cilindrada y que a su vez nos repitan constantemente que moderemos nuestra velocidad al volante.

La Institucionalización, al fin y al cabo, no es sino la contradicción expresada con mas elegancia.
Es por tanto la propuesta de una realidad y a su vez la defensa de la contraria. Y en esas estamos.