El primer virus posmoderno

Desde uno de los epicentros de la pandemia del coronavirus, en mi Madrid natal, vemos crecer los infectados y muertos cada día y tememos y sabemos que esto solo acaba de empezar.

Ahora que éramos capaces de llevar en nuestra mano el mapa de mundo, ahora que podíamos acercar la distancia más lejana, ahora que habíamos conseguido arreglar un corazón viejo o estropeado. Ahora si, justo ahora, la ciencia se nos hace insuficiente y una partícula invisible y con cuernos nos recuerda cual es y ha sido siempre nuestra verdadera posición en el mundo. Y esta no es otra sino la de fragilidad. Una invisible partícula, ya digo, se está saltando a la torera siglos y siglos de avances científicos y se ríe con descaro de averroes y de Ramón y Cajal, de la penicilina, del Big data y de los ordenadores cuánticos. 

Estamos en manos de lo desconocido y de lo impredecible y con esto no habíamos contado. Nos habían prometido un posmodernismo amable, cordial, flexible, y ligero, y sin embargo, vemos que ese tal coronavirus ni es cordial, ni es  flexible ni es amable ni es ligero; al menos no el tipo de ligereza que hubiésemos deseado.

Y es que la verdadera realidad de la vida choca de frente con la artificial realidad del posmodernismo. Así frente a la huida de cualquier principio de autoridad, aceptamos ahora la presencia del ejército en las calles. Frente a la negación de cualquier marco normativo, la restricción de la libertad de movimiento. Frente a la personalización, la aceptación de un manual de comportamiento para poder frenar al virus.

Este coronavirus está poniendo en evidencia una manera de ser hombre en el mundo que se había asentado ya entre nosotros. Y desde ahora vamos a tener que imaginar una nueva versión no solo del mundo sino también de cada uno de nosotros. Tendremos que replantearnos muchas cosas.  Estamos despertando del sueño de la seducción del que hablaba Lipovetsky y nos estamos dando cuenta que vida no era tan ligera.

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