A propósito de Cioran

Nunca imaginé que Kierkegaard pudiese perder su bien ganado trono del reino de la angustia y la desesperación, pero hete aquí que ha caído en  mis manos “breviario de podredumbre” y “del inconveniente de haber nacido” de Emil Cioran y me rindo y me inclino ante la evidencia y el nuevo rey.

¡Qué capacidad para captar la tragedia, qué intuición para el absurdo, qué don para los matices de la angustia y qué artesanía para describir los vacíos,!  y sin embargo Cioran engancha y mucho, principalmente porque no esconde nada, sino que va totalmente de cara y sin subterfugios a enfrentarse con los problemas más radicales de la existencia, tales como la soledad, la muerte, el sentido o el sintendido de la vida, la soledad, el amor o la duda.

Emil Cioran nació en Rasinari, un pequeño pueblo en el condado transilvano de Sibiu, actual Rumania, fue hijo de un padre ortodoxo y de una madre muy bien dotada para el pesimismo: “mi madre terminaba la última carta que me envió con esta frase testamento: Haga lo que haga el hombre, le pesará tarde o temprano”, pero fue sin embargo el abandono de su ciudad natal lo que marcó su mayor decepción con la vida “Yo nací cerca de los Cárpatos y adoré el pueblo donde pasé mi infancia. A los diez años tuve que abandonarlo para ir al liceo de la ciudad. […]Yo sabía que lo perdía todo, que era expulsado de mi propio edén y que no merecía ese castigo”. 

Consciente cioran, por tanto, de que su vida nunca volvería a ser la misma una vez abandonada la infancia, el resto de sus días los pasó con la absoluta certeza de que aquella primera intuición era verdadera “Cuando pienso en ello tras una vida entera, me doy cuenta de que tenía razón de haber reaccionado así, que en el fondo `la civilización` es un error y que el hombre debería haber vivido en la intimidad de los animales, apenas diferente de ellos”.

Con esta premisa trágica y con aquellos antecedentes familiares emprendió Cioran el arduo camino hacia esa vida adulta que tan poco deseaba. Estudió filosofía, dio clases, vivió de una beca universitaria, fue pobre, viajó en bicicleta por toda Francia y terminó viviendo en una buhardilla rodeada de libros. Vivió o sobrevivió, en fin, como todos pero a su manera. Sin embargo ya nunca se desprendería de aquella sensación trágica de encontrarse perdido en un mundo que no entendía. “Cada uno sufre en su carne esta unidad de desastre que es el fenómeno hombre. Y el único sentido del tiempo es multiplicar esas unidades, aumentar indefinidamente esos sufrimiento verticales que se apoyan sobre una pizca de materia, sobre el orgullo de un nombre propio y sobre una soledad inapelable”.

Sus libros estan escritos en forma de aforismos y en ellos habla de todo aquello que le preocupa o le sorprende, que ama o que detesta, de aquello que piensa o que piensa que ha dejado de pensar, pero todo siempre impregnado de ese pesimismo incrustado en su conciencia. Así por ejemplo en Breviario de podredumbre reflexiona sobre el amor :“La única función del amor es ayudarnos a soportar las veladas dominicales, crueles e inconmensurables, que nos hieren para el resto de la semana y para la eternidad.”,

sobre el conocimiento y la muerte “Se cambia de ideas como de corbatas; pues toda idea, todo criterio viene de lo exterior, de las configuraciones y de los accidentes del tiempo. Pero hay algo que viene de nosotros mismos, que es nosotros mismos, una realidad invisible, pero interiormente verificable, (…): es la muerte, el verdadero criterio…”,

sobre el hombre : “Cada uno de nosotros ha nacido con una dosis de pureza, predestinada a ser corrompida por el trato con los hombres, por ese pecado contra la soledad.“,

sobre el sufrimiento “Nadie podría sobrevivir a la comprensión instantánea del dolor universal, pues cada corazón no está encallecido más que para una cierta cantidad de sufrimientos.

Como podemos apreciar no hay nota de sus composiciones que no este escrita en un sufrimiento alto sostenido, ni hay sutilidad donde no advierta un advenimiento de una cercana catástrofe.

Algunos, no sin falta de razón, le ha calificado como esteta del vacío, otros como un filósofo sin método o un escritor sin la talla e incluso le han llegado a ver cómo un genial pensador con un finísimo humor negro, pero fue sobre todo Cioran un hombre que sufría; no un sufridor de tres al cuarto ni un erudito del sufrimiento, -sin querer ofender a ningún sufridor por supuesto-, sino un sufridor de los de verdad, de esos que son capaces de estar días  o semanas sin apenas pegar ojo dándoles vueltas a la muerte, a la contradicción inherente a toda realidad humana o a el absurdo de tener que soportar diariamente, tal y como él diría, esta minúscula parcela de carne y de conciencia somos.

Ante tal pesimismo, cuesta recomendar a alguien la lectura de una pensador tan negado para la felicidad, pero aun así yo lo recomiendo, y lo hago no solo por que escribe tal y como si  estuviese hablando consigo mismo sino porque su mayor pecado es su mayor virtud, es decir: la lucidez

Una lucidez que te hace reflexionar sobre aquellas verdades y axiomas sobre los que tan felizmente caminamos, pues como él mismo decía  “El escepticismo es un ejercicio de desfascinación”. En estos tiempo de narcisismo infundado, todos lo son en realidad, viene muy al caso ser conscientes de la parcela de materia y conciencia que nos ha tocado pues tal vez así el mundo se evitará un aprendiz de dictador o un aspirante a tirano.

Cioran, pese a defender la opción del suicidio como una certera posibilidad, en este caso no no fue coherente afortunadamente y llegó a vivir 84 años. Acuñando a su manera aquella famosa frase latina podríamos resumir su vida como un “vino, vio y sufrió” , pero no seríamos justos ni tampoco lo seríamos sinceros si nos quedamos con ese hombre doliente que fue, y olvidaremos que además de doliente también fue lúcido y  valiente, atrevido y sincero, desesperanzado con esperanza, trágico con ironía y sobre todo un adulto que siguió gritando a los cuatro vientos que todavía el rey.. todavía.. todavía seguía estando desnudo.

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