El turista-masa

Dentro de unas décadas, cuando la inteligencia artificial y las redes sociales nos hayan vuelto la primera prescindibles y la segunda todavía más estúpidos, los pocos sociólogos o historiadores que existan echarán un vistazo a nuestro momento histórico actual y escribirán que fue ahora cuando se produjo el nacimiento del turista-posmoderno, o lo que es lo mismo, el nacimiento del turista-masa.

Esos futuros descendientes nuestros se preguntarán qué hecho histórico crucial, que momento cultural o que aspecto de la sociología de masas fue el determínate para el surgimiento de dicho turista-masa.

Sacarán tal vez un diagnóstico claro de las circunstancias óptimas que son necesarias para el nacimiento de dicho turista-masa, sin embargo, tal vez, ya sea demasiado tarde y el turista-masa o lo que es lo mismo la masa del turista ya se haya hecho dueña del mundo.

En nuestro momento actual sabemos ya algunas cosas ya de dicho turista-masa. Sabemos que es un ser gregario amante de los movimientos migratorios a gran escala.
Y que se mueve de un lugar a otro no por placer sino por pura mecánica del movimiento, por puro dinamismo corporal. Le gusta ver muchas cosas, tocar muchas cosas, sentir muchas cosas, fotografiar muchas cosas pero lo hace más por la cantidad que por la calidad.

No busca tampoco experiencias profundas sino sucesiones de experiencias, acumulaciones de ellas del mismo modo que un coleccionista de sellos disfruta enseñando su gran colección a todos los invitados.

Al igual que el hombre-masa el turista-masa se siente a sí mismo como un ser perfectamente completado, finiquitado. Aquellos paisajes que ve, aquellos conciertos que oye, aquellos museos que visita no le sirven para descubrirse sino para afianzarse. Piensa que va a la aventura o a descubrirse a sí mismo cuando en realidad solo está siguiendo un guion escrito para afianzar su apaciguamiento existencial a base de novedades repetitivas y de relajación por acumulación.

Es hijo de La era del vacio posmodernista y por tanto disfruta con la homogeneidad de los comercios, de los hoteles e incluso de los países. Si los Antiguos egipcios sentían “horror vacui “o miedo al desierto, al vacío, el hombre-masa siente “horror differens”, o lo que es lo mismo, miedo a lo diferente.

El hombre-masa

En 1930 un filósofo español escribió uno de los libros más destacados e influyentes del pensamiento social y filosófico del siglo XX. El libro se llamó la rebelión de las masas y su autor fue Ortega y Gasset

En la fecha actual en la que nos encontramos, metidos ya de lleno en el siglo XXI, en la era de Internet y con la inteligencia artificial in crescendo resulta sorprendente que un libro tan actual fuese escrito hace más de 80 años.
La barbarie del especialismo está más asentada, el hecho de las aglomeraciones es incuestionable, Europa se ha quedado sin moral, la vida no se dispone hacia ninguna instancia superior y el hombre es hoy más hombre-masa que nunca.

Este último concepto, el del hombre masa, fue el eje en torno al cual gravitaron el resto de ideas en la rebelión de las masas.

Ortega nos presentó a esté nuevo hombre en 1930, pero a diario nos topamos con él. Es este nuestro vecino, nuestro jefe, nuestro compañero de trabajo, nuestra mujer y nuestros hijos.

Ortega le definió como aquella persona que no se exige a sí misma pues encuentra que su ser está totalmente concluido. “para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.” Un individuo vanidoso que vive inmerso en la provisionalidad.

Si echamos un vistazo a nuestra propia fauna ibérica, dicho hombre masa se nos muestra en su máximo esplendor. Podemos ver sus características en el hombre-hípster encantado de conocerse, pesado en apariencias y ligero de espesor, individuo hecho a base de marcas y de pose, rebosante y orgulloso de inautenticidad.

También podemos apreciar a este en el ultra-deportista repentino que ha descubierto el sentido de la vida poniéndose un traje sin corbata o en aquel otro que luce coche queriéndonos hacer creer que aquel aparato con ruedas es una extensión de su propio ser.

No obstante, dicho hombre masa presenta unas características muy heterogéneas.

En política, lo encuentras bien a la derecha, bien a la izquierda o bien en el centro, aunque en el fondo siempre prefiere posicionarse de perfil. No cree demasiado en Dios pero siente un algo… un no sé qué…un vaya usted a saber, un válgame Dios que también me vale un buda.

En arte le gustan las series televisadas más que a un niño un regaliz y a veces duda entre el Quijote y juego de tronos, aunque al final la extremada delgadez de rocinante le hace decantarse por esta última.

Sin embargo, ser hombre-masa no es fácil, requiere aceptar como verdaderas todas aquellas normas hechas a base de tendencias y de modas. No hace falta mucha reflexión pero cansa y requiere disciplina.

Si algún día, te despiertas y estas pletórico de confianza, orgulloso de quién eres, satisfecho con tu propio ser, radiante de positividad y dispuesto a dar consejos gratis sobre el secreto de la felicidad, míratelo porque tal vez te hayas convertido sin saberlo en un auténtico hombre-masa.

¡ Sed felices!

Apenas queda ya lugar alguno para los diferentes, para los alienados, para los nefastos, para los aguafiestas, para los que van a contracorriente, para los que en fin, tienen la fea y mala costumbre de no querer ser como la mayoría, de no querer abrazar la vida, toda ella tan abierta, tan alegre, tan llena de oportunidades.
Una vida donde priman los colores alegres, la cordialidad, la confianza, la empatía, una vida como nunca antes se había vivido. Una vida tan increíblemente llena de felicidad.

Pero ni los melancólicos, ni los apesadumbrados, ni los que sufren mal de amores, ni los enfermos, ni los marginados, ninguno de ellos quiere jugar al juego de la felicidad que esta maravillosa sociedad nos ofrece tan desinteresadamente.

Y no será por insistencia, pues en las salas de cine, en las paradas de autobús, al enchufar la radio, al ver la televisión, al observar la bonitas frases de tu oficina, al leer esos slogans tan motivadoras de un restaurante, en todos estos sitios y muchos más se está insistiendo continuamente en que la felicidad plena está al alcance de cualquiera.

Pues no, a pesar de toda esta constante exhortación a la felicidad, ellos no consiguen ser plenamente felices.
Acaso no puede un slogan positivo, un frase tal que así, “ante las adversidades, lo mejor de ti acudirá a tu rescate”, levantar la moral de un enfermo terminal de cáncer, de un desempleado, o de alguien que sufre de angustia existencial. Acaso no entienden el poder de la positividad, el poder de los colores combinados, el poder de las sonrisas dibujadas, de las frases alegres.

Porque esa manía de no querer ser felices la 24 horas del día si se puede. Porque un enfermo no quiere ser feliz si esta sociedad continuamente le insiste y le insiste y le vuelve insistir en ello.
Acaso quieren ser unos aguafiestas. Quieren que los demás no seamos felices. ¡Sed felices!, maldita manía la suya.

LAS CADENAS DE LA ILUSION – Erich Fromm

Una de las pocas cosas positivas que para la salud mental tiene este sistema capitalista son aquellos periodos de tiempo de transición entre trabajo y trabajo. Vamos lo que se denomina comúnmente como paro.

Durante este periodo, que para algunos puede ser corto y para otros muy largo, existe la necesidad de buscar empleo y formarse, pero también existe la posibilidad de, alejados de la vorágine del producir y consumir, dedicar cierto tiempo del día a prácticas cada vez más en desuso como son la reflexión personal y la  introspección.

Uno de los métodos que más nos pueden ayudar para esto consiste en echar mano de algún libro que nos haga pensar con sentido y profundidad, obviamente un best seller no.

Pues bien, viéndome yo en esta situación de transito laboral, he acudido esta vez a un libro del psicoanalista y filósofo humanista Erich Fromm.

Es cierto que el psicoanálisis, para la mayor parte de los mortales que desconocen dicha ciencia, se nos presenta como compleja, oscura y excesivamente obsesionada con el sexo como piedra filosofal que bien serviría para explicar tanto “un roto como un descosido”.

Yo mismo siempre he tenido esta misma idea acerca de ella, pero tras leer este libro mi concepto de dicha ciencia se ha librado en gran medida de prejuicios e ideas simples y generalistas.

Junto a la nueva ciencia psicoanalítica inventada por Freud, el otro tema central de “las cadenas de la ilusión” son las teorías del economista, filósofo e intelectual prusiano de origen judío Karl Marx.

La importancia histórica que ha tenido el marxismo frente a las teorías de Freud ha sido de una importancia incomparablemente mayor, como bien se encarga nuestro autor de recordarnos.

Pero las cadenas de la ilusión no buscan principalmente describir los puntos esenciales de tales teorías ni los pone en un mismo plano en base a sus repercusiones históricas.

Erich Fromm es totalmente consciente de la trascendencia histórica y social mucho mayor del marxismo frente al psicoanálisis, sin embargo, no por ello deja de señalar a las teorías psicoanalistas y fundamentalmente la idea del inconsciente, como la otra gran teoría filosófica y revolucionaria del siglo XX.

En las cadenas de la ilusión, no encontrarás una descripción minuciosa y detallista ni de las teoría marxista ni de la teoría de Freud. El propósito de este libro no es ese. Su propósito es intentar explicar el porqué de estas teorías, que buscaban sus autores con ellas y  por ende, que consiguieron finalmente.

Y lo que buscaban era librar al hombre de su esclavitud, hacerle consciente de ella. No la esclavitud a base de fuerza y castigos sino la esclavitud consentida y hasta alabada.

Marx quiso hacer ver al hombre de la era industrial, que su voluntad y su actitud ante la vida estaban condicionada por fuerzas económicas y sociales que se escapaban a su conciencia. Fuerzas que le determinaban y le dirigían a pensar y a sentir de una determinada manera, fuerzas, en fin, que le determinaban su ser.  Confiaba que si el hombre descubriese esas fuerzas inconscientes podría alcanzar una vida plenamente diga de ser vivida donde lo principal no fuese lo económico sino lo humano.

Por otro lado Freud, también consideraba que el hombre se encontraba en un estado de esclavitud al venir sus pensamientos y sus actos determinados no por lo que él pensaba sino por lo que dejaba de pensar, por lo que ocultaba, esto es; por el inconsciente.

Mientras que Marx creía que las fuerzas ocultas que determinan al hombre eran las económicas,  a través de las estructuras de poder que las mantenían,  Freud achacaba dicha esclavitud no a factores externos sino a factores internos de la propia naturaleza humana.

Si bien Freud si reconocía que la sociedad y su cultura podían incrementar la neurosis al  producir en el individuo un conflicto entre lo que él desea y lo que la sociedad impone, no postuló sin embargo, a dicha sociedad, como la causa primera de patologías psíquicas, sino a la propia naturaleza del hombre  en tanto que naturaleza en permanente conflicto entre deseo y realidad.

Freud saco a la luz el inconsciente  como parte intrínseca de nuestra naturaleza humana y revolucionó en gran medida la sociedad victoriana de su tiempo al establecer que los principales motivos que guían nuestros actos no son ni siquiera conscientes por nosotros. El psicoanálisis como ciencia podía ayudar a descubrir, eliminar o paliar las patologías derivadas de la lucha entre el consciente y el inconsciente.  Proponía, como el marxismo, liberar al hombre de su estado de esclavitud.

La última parte de “las cadenas de la ilusión” es tal vez la parte más interesante al descubrirnos el autor sus pensamientos más sinceros sobre Freud y Marx, así como por defender a ultranza el humanismo como la única doctrina vital que, anteponiendo al hombre por encima del poder y las cosas, puede devolvernos  a nuestra esencia como seres humanos guiados por un auténtico raciocinio y libertad.

Muchas veces me he preguntado porque alguien a quien se les dan pruebas científicas, datos, ejemplos y casos sobre una realidad determinada, este, pese a ello, es incapaz de reconocerla como real.  Tal vez la explicación de esto esté en las ideas postuladas hace un siglo por aquellos dos genios del pensamiento que fueron Freud y Marx.

Y es que  tal vez negamos hechos y realidades no guiados por nuestro consciente sino por nuestro inconsciente, por una resistencia a la verdad que mantiene el velo de malla sobre el que hemos erigido los pilares que sustentan nuestra identidad aunque sea esta una identidad que no nace de nosotros.

 

Proceso de Institucionalización

En la mas que recomendable pélicula “cadena perpetua” uno de los personajes habla del proceso de institucionalización refiriéndose a un compañero de celda.
Institucionalizarse, por tanto, significa para este personaje, -Morgan freeman dixit-, percibir con aceptación y normalidad una situación o hecho que de por sí es anómalo, es decir: contrario a normalidad.

Pues bien, si cambiamos el escenario y sustituimos cárcel por sociedad libre y preso por individuo en plena libertad, podríamos extrapolar el sentido de dicho término y aplicarlo con total normalidad a este hombre del siglo XXI.

Son prácticamente inabarcables la cantidad de situaciones o hechos que a diario aceptamos con normalidad y que, sin embargo, son hechos anómalos solo que que a fuerza de convivencia y repetición han sido normalizados, esto es: los hemos institucionalizado.

Hechos simples y en apariencia superfluos pero que nos pueden hacer ver hasta que punto la institucionalización esta en nosotros.

Por ejemplo, aceptamos como normal que nos vendan tabaco y a la vez nos digan que dejemos de fumar porqué el tabaco mata. Aceptamos como normal que una empresa guarde nuestro dinero y nos cobre si le pedimos que nos lo devuelva. Aceptamos como normal el total rechazo a cualquier forma de violencia pero aceptamos con normalidad la violencia extrema en el cine o en los videojuegos. Aceptamos con normalidad que nos vendan un coche de altísima cilindrada y que a su vez nos repitan constantemente que moderemos nuestra velocidad al volante.

La Institucionalización, al fin y al cabo, no es sino la contradicción expresada con mas elegancia.
Es por tanto la propuesta de una realidad y a su vez la defensa de la contraria. Y en esas estamos.

Ideas y creencias en Ortega

En esta sección voy a exponer algunas de las ideas que considero mas importantes del genial pensador español Jose Ortega y Gasset. Empezaré hablando de la diferenciación que nuestro autor estableció entre ideas y creencias.

Para Ortega, la vida es aquello que nosotros mismos nos tenemos que construir. Esta nos es dada sin contenido especifico y somos nosotros con nuestras decisiones los que tenemos que constituirnos nuestra propia vida. Para la construcción de esta, nuestra vida, cada uno cuenta con dos herramientas relacionadas aunque esencialmente distintas que son las ideas y las creencias.

Si la vida de cada uno es aquello que cada cual se tiene que construir, esto no quiere decir que la vida cuando nos es dada sea como un contenedor vacío o una hoja en blanco que tenemos que ir rellenando, ya que en la vida siempre existe una parte de ella que nos es dada, una parte que es independiente de nuestras decisiones, la cual estaba ahí incluso antes de que nosotros llegásemos a la vida, y esta parte independiente de nosotros son las creencias.

La independencia de las creencias es únicamente una independencia en cuanto a su origen o creación, ya que, por lo demás, nuestra vida es totalmente dependiente de estas creencias.

Para la construcción de toda vida, esta se necesita apoyar en algo solido, inamovible, se necesita apoyar, por tanto, en creencias. Estas creencias son los pilares básicos sobre los que construimos el resto de nuestra edificio vital. Así, al igual que los pilares en una construcción, son las creencias también la parte latente, lo que no se ve ni se siente, pero con aquello que siempre se cuenta.

Para explicar mejor esto, Ortega nos propone el ejemplo del suelo sobre el que pisamos, como aquel elemento de la realidad con el que siempre contamos a la hora de salir a la calle. Pues si no tuviésemos la creencia cierta de que el suelo siempre estará ahí, nos seria muy difícil salir a caminar.

Pues bien, en esta la construcción de toda vida que cada cual se tiene que hacer, junto a las creencias existen las ideas. Si las creencias, aunque contemos con ellas, no nacen de nosotros, por el contrario, en las ideas si es necesario que se de esta circunstancia.

Las ideas, por tanto, únicamente tiene consistencia en nuestra vida en cuanto por nosotros son pensadas, discutidas, sostenidas o refutadas. Son, por tanto, una realidad problemática pues no se nos presentan como verdad indudable sino como verdad de la que se puede dudar.

De hecho Ortega afirma que Los huecos de nuestras creencias son, pues, el lugar vital donde insertan su intervención las ideas”.
Por tanto, para construir una vida se necesitan creencias y de las dudas de las creencias nacen las ideas. Pero una duda es también una creencia ya que dudar es estar en dos creencias antagónicas.

Ortega critica el intelectualismo por considerar lo consciente como la parte mas eficiente de nuestras vida y no comprender que no es lo consciente, sino las creencias, esto es, lo inconsciente, el aspecto mas relevante a hora de entender el mundo y relacionarnos con el.
En este sentido, Ortega se postula en sintonia con las tesis de Freud solo que este nos habla del inconsciente en vez de creencias.

La era del vacío: Resumen crítico

Acaso no habéis sentido alguna vez, como Neo en Matrix, que todo lo que está ocurriendo a vuestro alrededor está dirigido por algo o alguien, que vuestros gustos, vuestras pasiones, vuestros intereses o vuestros anhelos no son realmente vuestros, no han nacido de lo más hondo de vuestras entrañas, sino que por alguna razón que desconocéis han sido incrustados en vuestro interior y no sabéis quién lo ha hecho, como lo ha hecho o por qué lo ha hecho.

Si alguna vez habéis sentido este pálpito con inmensa fuerza es necesario que leáis “la era del vacío” de Guilles Lipovetsky. Un libro escrito en 1986, que conserva todavía, en este 2017,  una actualidad radiante y vigorosa.

Aquellos hechos denunciados por el autor no solo se mantienen intactos en nuestros días, sino que han ido evolucionando y perfeccionándose de tal manera que ya conviven con nosotros como un elemento más de nuestro quehacer diario.

Lipovetsky  establece cronológicamente  el nacimiento de estos en el momento en que se produce la confluencia de dos circunstancias cruciales. Por un lado, la llegada de la democracias y por otro el consumo de masas.

Esta confluencia producirá un proceso expansivo de libertades, de bienestar, de seguridad, de posibilidades de ocio…  Y El individuo que vive en este periodo  percibirá la realidad de una manera totalmente nueva. Verá incrementado exponencialmente su repertorio de posibilidades vitales, y se producirá, por tanto en él, no solo un cambio en la visión que tiene de sí mismo, sino también en la percepción de la realidad y de los demás.

La era del vacío es eso fundamentalmente, lo cual no es poco; un intento de desentrañar esta nueva visión de este nuevo hombre, hijo de las democracias y del consumo de masas.

“Cómo llamar a esa mar de fondo característica de nuestro tiempo, que en todas partes substituye la coerción por la comunicación, la prohibición por el placer, lo anónimo por lo personalizado, la reificación por la responsabilización  y que en todas partes tiende a instituir un ambiente de proximidad, de ritmo y solicitud liberada del registro de la Ley?”

En estas primeras cuatro líneas del libro vienen resumidas las ideas más importantes y novedosas del ensayo, y con ellas empieza nuestro autor el tema de la seducción.

Para Lipovetski, la seducción como caraterística intrinseca de nuestra era posmoderna no sino es el motor de nuestras sociedades, el manual no escrito que dictamina sutilmente como han de ser nuestros anhelos, nuestras ilusiones, nuestros comportamientos.

“Las seducción se ha convertido en el proceso general que tiende a regular el consumo, las organizaciones, la información, las costumbres”.

Pero, ¿a qué se refiere exactamente Lipovetsky cuando habla de seducción?

“la seducción construye nuestro mundo y lo remodela según un proceso sistemático de personalización que consiste esencialmente en multiplicar y diversificar la oferta… en sustituir la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad por la pluralidad, la austeridad por la realización de los deseos..  La seducción remite a nuestro universo de gamas opcionales… en que cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia”.

La seducción, por tanto, no es solo una nueva manera de percibir la realidad, presentada esta ante nosotros como un gran bufet de posibilidades donde cada uno cree elegir libremente. Lipovetsky nos está hablando aquí de un cambio tan radical en la relación hombre-realidad y realidad-hombre que sus consecuencias más inmediatas van a ser el nacimiento de un nuevo tipo de individuo.

Pero antes de analizar detenidamente a este nuevo hombre, que ya ortega definió como hombre-masa, nuestro autor quiere que entendamos más profundamente su circunstancia, es decir; la nuestra.

¿Y cómo es esta nueva circunstancia que define y determina este nuevo modelo de hombre nacido del cruce entre  democracia y  consumo de masas?

Lipovetski nos responde a esta cuestión afirmando que es esta una circunstancia ausente de principios rígidos, de marcos morales determinantes, pero llena posibilidades de elección, y por encima de todo y antes que nada, se da en esta una constante exaltación del individualismo y de su familiar más cercano; el hedonismo.

El hombre de hoy, afirma nuestro autor, se cree en posesión de mayor libertad que nunca, fruto de su percepción de la realidad como posibilidad casi ilimitada de elección.  Sin embargo, no intuye que una entidad casi invisible, una nueva forma de control social le está moldeando, la menos beligerante que se haya dado en la historia, y sin embargo, posiblemente la más eficiente; y esta no es otra que la seducción.

Pues efectivamente, no ejerce esta coacción alguna para moldearle, sino que haciéndole perseguidor infatigable de determinados anhelos le van configurando individual y socialmente.

Este proceso de seducción no es por tanto inocente, no nace por generación espontánea ni por azar, es un proceso cuyo fundamento se basa en el control social.

“existe ante todo una operación sistemática de personalización, de atomización de lo social, la seducción es destrucción cool de los social por un proceso de aislamiento que se administra ya no por la fuerza bruta o cuadricula reglamentaria sino por el hedonismo, la información y la reponsabilización”.

 

La indiferencia pura.

Si en el Posmodernismo, la realidad como inabarcable campo de posibilidades de elección viene de la mano de la seducción, la desintegración del individuo se hará por por medio de la indiferencia pura.

“el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la iglesia, los partidos, ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en ellos ya nadie invierte nada.”

Toda esta indiferencia pura o deserción de normas e instituciones que antes regulaban nuestras vidas,  conducen ahora al vacío existencial, pero un vacío indoloro, sin consecuencias, sin reacción alguna. “la indiferencia pero no la angustia metafísica (…), desconectando los deseos de los dispositivos colectivos (…), el sistema invita al descanso, al descompromiso emocional.”

Por primera vez en la historia se vive sin meta, sin objetivo. “ya es posible vivir sin objetivo ni sentido, en secuencia flash, y esto es nuevo”.

Se vive la vida sin un sentido que vaya más allá del individualismo puro, de la autosatisfacción personal. Más allá de este minúsculo <<sistema de valores> la indiferencia crece. ¿Y a qué se debe esta indiferencia posmoderna ante cuestiones vitales que antes si eran de su incumbencia y ahora han dejado de serlo?

 “la apatía responde a la plétora de informaciones, a su velocidad de rotación; tan pronto ha sido registrado, el acontecimiento se olvida, expulsado por otros aún más espectaculares (…). Las declaraciones de un ministro no tienen mayor valor que un folletín.”

El exceso de información produce desinformación y el vertiginoso cambio acelerado la incapacidad de sentar la mirada en algo, de pararse y reflexionar. Todo es mostrado en grandes cantidades y de forma acelerada, en un orden secuencial donde todo se mezcla y se nivela.

La vida se ha convertido, por tanto, en puro entretenimiento, pura sucesión de noticias, pura sensación para los sentidos, puro tránsito de espectacularidades.

A diferencia de la alienación de la que hablaban los marxistas, la indiferencia del hombre posmoderno no se caracteriza por la reificación del sujeto en objeto sino por el aburrimiento y la monotonía.

Se ha cruzado el puente de los valores del modernismo. Se han dejado atrás el anhelo de progreso, la aspiración al crecimiento, el cosmopolitismo o la revolución. Se ha cruzado este puente y no se ha sustituido el viejo sistema de valores que lo sustentaba por otro.

Este nuevo puente se mantiene en el vacío, sin pilares sólidos.

“En un sistema organizado según un principio de aislamiento suave, los valores públicos solo pueden declinar, únicamente queda la búsqueda del ego y del propio interés, el éxtasis de la liberalización personal, la obsesión por el cuerpo y el sexo: híper-inversión de lo privado y en consecuencia desmovilización del espacio público.”

Esta indiferencia o apatía no es, sin embargo, un falta de socialización sino una nueva socialización “flexible y económica”, “una descrispación necesaria para el funcionamiento del capitalismo moderno en tanto que sistema experimental acelerado y sistemático.”

Nótese de nuevo la intencionalidad otorgada por el autor a uno de los rasgos característicos de la personalidad del hombre posmoderno. Una indiferencia, que por sus características de flexibilidad y no sujeción a nada, permite el mantenimiento de este sistema capitalista como sistema que necesita ciudadanos volátiles y flexibles, pero también ávidos de experimentación y de cambio continúo.

Como no se aferran a nada, cualquier cambio puede valer; ¿Y por qué no si no hay jerarquías ni sistemas de valores superiores.?  Las cosas no son sometidas a duda ya que apenas hay filtros que depuren lo bueno de lo malo, o lo válido de lo no válido. Lo nuevo para ser aceptado únicamente tiene que cumplir el requisito de la autosatisfacción personal. Tal es el nuevo espíritu cool.

Se da, sin embargo, una contradicción en este nuevo sistema “¿Por qué un sistema cuyo funcionamiento exige la indiferencia se esfuerza continuamente en hacer participar, en educar, en interesar?”. Lipovetsky responde que precisamente son la saturación de solicitudes a la participación y responsabilizarían los agentes no de lucha contra la indiferencia sino elementos reforzadores del sistema.

Esta indiferencia del hombre posmoderno, aunque no vaya acompañada de angustia existencial aparente o de rebeldía social, si “ha provocado una democratización sin precedentes de <<la enfermedad de vivir>>. La generalización de la depresión no hay que achacarla  a las vicisitudes psicológicas de cada uno o a las <<dificultades>> de la vida actual, sino a la deserción de la res publica. Narciso en busca de sí mismo, obsesionado solamente por sí mismo y, así propenso a desfallecer o hundirse en cualquier momento”.

Hemos de recordar nuevamente que este ensayo se escribió en 1986 cuando la nueva revolución tecnológica de internet y de los dispositivos móviles ni siquiera podía ser una idea imaginable.

¿Qué decir ahora, a principios del siglo XXI del culto al individualismo, de la exaltación del ego,  de la exposición narcisista y continua del cuerpo, de la carrera brutal hacia la belleza?, ¿se han reducido acaso, estas tendencias, se han igualado?. Indudablemente no.

El crecimiento de estas ha sido todavía más acelerado y más radical. Pensemos tan solo en las redes sociales y la continua y pública exposición de vidas donde todo se puede decir, todo se puede contar. Y si no hay jerarquías ni límites establecidos, ¿Por qué no poner una foto de mi cuerpo desnudo, por qué no mis uñas de los pies, una broma estúpida, un cubo de basura, una frase genial de Einstein? Todo se mezcla y todo tiene igual importancia porque se buscan sensaciones, cambios continuos, experiencias novedosas.

Esta exaltación individualista y su consiguiente separación de la res-pública no hacen sino todavía más vulnerable al hombre actual.

“¿Qué cosa hoy no da lugar a dramatizaciones y stress? Envejecer, engordar, afearse, dormir, educar a los niños, irse de vacaciones, todo es un problema, las actividades elementales se han vuelto imposibles”.

Esta nueva vida como gran buffet de posibilidades, como lugar de libertad y radicalización del individualismo,  sin normas fijas ni jerarquías, está produciendo también otros efectos secundarios no deseados como es el hecho innegable de la ola de soledad que a tantas personas afecta. Una soledad, sin embargo, que no produce desasosiego sino que se acepta como un hecho más, como “una banalidad al igual que los gestos cotidianos”.

Junto con la deserción de la cosa pública, el hombre actual tampoco se siente ligado a sentido histórico alguno. “El sentido histórico ha sido olvidado de la misma manera que los valores o las instituciones sociales”.

Vive en y para el presente, desligado de cualquier lazo que puede vincularle con algo que vaya más allá de su propia y personalizada vida.

Para Lipovetsky la explicación de estas deserciones hay que buscarlas en la derrota del Vietnam, el terrorismo internacional, las crisis económicas, la escasez de materias primas, la angustia nuclear, los desastres ecológicos; acontecimientos  todos ellos que hacen al individuo desconfiar de toda sistema externo y refugiarse en el aquí y ahora. “cuando el futuro se presentan amenazador e incierto, queda la retirada sobre el presente”.

Encontramos aquí, sin embargo, cierta contradicción del autor al atribuir al individuo la decisión de huir de una realidad amenazante mientras a lo largo de todo el libro queda reflejado como causa de esta huida la influencia de movimientos y sistemas ajenos a él que le condicionan y determinan. Sin ir más lejos el mismo concepto de seducción o de personalización.

La indiferencia pura del individuo posmoderno se manifiesta, entre otras cosas, a través del aislamiento social e histórico. No siente la continuidad del pasado y tampoco el futuro como proyecto común. Tampoco en el momento presente se siente ligado a nada.

Desaparecidas las jerarquías y los valores superiores no encuentra un modelo seguro en el que asentar su existencia. La palabra que mejor le definirá es la del desapego. Pero un desapego desesperanzado, sin sentimiento trágico, sin dolor profundo.  Depresivo y desesperanzado sin saber muy bien por qué.

Narciso o la estrategia del vacío.

“La despolitización y la desindicalización adquieren proporciones jamás alcanzadas, la esperanza revolucionaria y la protesta estudiantil han desaparecido, las grandes cuestiones <<filosóficas>>, económicas, políticas o militares despiertan poco a poco la misma curiosidad desenfadada que cualquier suceso… Únicamente la esfera privada parece salir victoriosa de ese maremoto apático; cuidar la salud, preservar la situación material, desprenderse de los <<complejos>>, esperar las vacaciones: vivir sin ideal, sin objetivo posible resulta posible”.

Alejado el hombre de todo aquello que no se centra en su individual existencia, va adquiriendo un modo de ser y de estar en el mundo acorde a esta nueva percepción de la vida.

Surge un nuevo e inmenso <<movimiento de conciencia>>  que busca una mayor  realización personal

“el consumo de conciencia se convierte en una nueva bulimia: yoga, psicoanálisis, expresión corporal, zen, terapia primal, dinámica de grupo, meditación transcendental”.

En esa búsqueda de liberación y autosatisfacción del yo se sacan a la luz determinados elementos vitales que antes se intentaban ocultar, hecho por otro lado perfectamente comprensible en un sistema sin nivelación de importancias y sin jerarquías de valores,  donde todo aquello que acreciente la experimentación del yo será bienvenido.

En este sentido, por tanto, el sexo, el sueño, el lapsus, son elementos elevados ahora a la categoría de esenciales para la liberación y autocomprensión del yo.

Sin embargo, “cuanto más se invierte en el Yo, como objeto de atención e interpretación, mayores son la incertidumbre y la interrogación. El Yo se convierte en una pregunta sin respuesta a fuerza de interpretaciones y análisis, una estructura abierta e indeterminada que reclama más terapia y anamnesia”.

Si se había conseguido vaciar de sentido a las instituciones sociales por saturación de información, de reclamos y animaciones, lo mismo se ha hecho con el yo al perder “sus referencias, su unidad, por exceso de atención”.

El yo se encuentra impreciso, sin referencias, luchando en el laberinto continuo de su propia búsqueda de identidad. La voluntad se ve, por tanto, aquejada de este lacerante trasiego existencial, produciendo de nuevo en ella la apatía del yo, la indiferencia por saturación, el agotamiento por falta de anclaje ante algo que la determine y la defina.

“Es la lógica de un sistema experimental basado en la celeridad de las combinaciones, la que exige la eliminación de la <<voluntad>> como obstáculo a su funcionamiento operativo. Un centro <<voluntario>> con sus certezas intimas representa aún un núcleo de resistencia a la aceleración de experimentaciones.”

Un yo flotante y sin certezas es más fácil de manipular y de dirigir. Un yo, por otro lado, independiente del otro yo semejante a él, sin necesidad de su influencia, está perfectamente aislado en su indeterminación.

Dicha indeterminación es llevada a tal extremo que estatutos antaño perfectamente definidos como el “de la mujer, del hombre, del niño, del loco, del civilizado, etc. han entrado en un periodo de indefinición, de incertidumbre”.

Estamos, por tanto, ante lo que Lipovetsky denomina “desubstancialización del yo”, cuya origen está en “el proceso de personalización”.

Todo esto no es sino un cambio profundo en la percepción de los elementos vitales del individuo, donde los principios sociales vigentes ya no aspiran a ser dirigidos por la razón como en la ilustración, ni por un sentimiento vivencialmente apasionado como en el romanticismo, ni por una trascendencia existencial como en el existencialismo o por una confianza plena en la ciencia y el progreso como en el modernismo. No, frente a la razón se impone el deseo, frente a cualquier sentimiento trágico la ausencia de emociones conflictivas, frente a la apuesta por el futuro, el vivir el aquí y ahora.

Se vive una existencia indolora sí, pero también una existencia insustancial. El hombre vive por y para sí mismo, sin sentimiento profundo de pertenencia a algo, sin sistema de valores por el que guiarse.

Junto con la desubstancialización del momento histórico al que  pertenece, y de cualquier institución social o cosa pública, el individuo se retira hacia sí mismo encontrando allí también un elemento impreciso.

Descubre su propio cuerpo como un objeto de culto y llega a confundir el aspecto de este con la esencia de su propia ser. “El cuerpo ya no designa una abyección o una máquina, designa nuestra identidad profunda”.

Junto a la exaltación del cuerpo, se produce la exaltación de la juventud. Y una vez más Lopovetsky nos habla de los intereses que hay detrás de estos objetivos.

“el interés febril que tenemos por el cuerpo no es en absoluto espontáneo y <<libre>>, obedece a imperativos sociales, tales como la <<línea>>, la forma, el orgasmo, etc.”

También, junto con la elevación del cuerpo a los altares, al yo de cada uno se le pide constantemente autenticidad como elemento indispensable para su personalización. Poder elegir y cambiar constantemente como reclamo para la autenticidad, hecho que sin embargo produce más desasosiego y falta de identidad.

Por otro lado, el tipo de autenticidad permitida esta contenido bajo las invisibles formas de las normas imperantes, que exigen su correspondencia con lo establecido socialmente como válido.

“una manifestación demasiado exuberante, un discurso demasiado teatral no producen efecto de sinceridad, la cual debe adoptar un estilo cool, cálido y comunicativo(…) EL narcisismo se define no tanto por la explosión libre de las emociones como por el encierro sobre sí mismo, o sea la <<discreción>>, signo de instrumento de self-control”.

Se busca un individuo tranquilo, que acepte sin alarmarse las contradicciones, los antagonismos. De espíritu cool pacificado que se crea a sí mismo muy libre.

Sin anclajes morales fijos, indeterminado pero ansioso por determinarse no en la búsqueda profunda de su ser o de las circunstancias sociales más optimas sino en la vaguedad  e insustancialidad de su cuerpo, de su psicologismo y de su culto al yo.

Un individuo al que no habría que someter, ya que él, por sí mismo, felizmente lo hará.

Este individuo tan aparentemente tolerante no verá al otro como un socio o un colaborador sino como “despojado de todo espesor, ya no es ni hostil ni competitivo sino indiferente, desubstancializado”.

No busca tanto competir con los demás como el poder vivir en “un entorno distendido y comunicativo, sin alturas ni pretensión excesiva”.

Abandonada toda referencia al espacio público, el individuo posmoderno no busca destacar socialmente pero si en sus ambientes íntimos, menos por competitividad y más por seducción y simpatía. En estos ambientes íntimos busca fervientemente ser entendido, comprendido, aceptado, amado, y es aquí donde aparecen las relaciones de competitividad y dominio.

A pesar de buscar ambientes comunicativos y distendidos, ejerce una crítica implacable contra sí mismo a fuerza de ver frustrados las altas exigencias demandas por la sociedad de la seducción.

“jamás la ansiedad, la incertidumbre, la frustración alcanzaron estos niveles”.

 

Modernismo y posmodernismo.

Los inicios de la exaltación individualista tienen su origen en el modernismo. Un movimiento cultural de finales del siglo XIX que rechaza de lleno la tradición y únicamente acepta como valido lo nuevo, lo original.

Inspirándose en el Romanticismo, estos artistas proponen la exaltación de nuevos valores basados en la exaltación del yo, la autenticidad, el placer; contrarios, por tanto, a los antiguos valores burgueses donde el ideal era el trabajo, el ahorro y la austeridad.

Valores también como la exaltación de la inmediatez, de lo irracional,  lo anecdótico o lo subjetivo, anticiparán en el plano artístico lo que más adelante será una constante en el plano individual y social.

Sin embargo, el posmodernismo no hereda en su totalidad los principios del modernismo o las vanguardias, pues si bien es cierto que constituye un periodo heredado de aquel, no lo es menos que desde un primer momento su intención fue superarlo.

El posmodernismo como concepto pleno empezó a adquirir forma en los años sesenta del siglo XX. Querían superar aspectos del modernismo que empezaron a producir hartazgo o decadencia, como  “la obsesión de la innovación y de la revolución a cualquier precio”.

Por otra parte, mientras el modernismo era exclusivo, el posmodernismo es inclusivo. Ya no se busca la creación de un nuevo estilo, sino la integración de todos.

En el modernismo había un fuerte tono de ruptura, de rechazo, de transgresión, pero el posmodernismo anhela obras despreocupadas done prime la coexistencia pacífica de estilos.

En definitiva; “el relajamiento del espacio artístico paralelamente a una sociedad en la que las ideologías duras ya no entran(…), donde el individuo es flotante y tolerante(…). De este modo, el posmodernismo obedece al mismo destino que nuestras sociedades abiertas, prerrevolucionarias, cuyo objetivo es aumentar sin cesar las posibilidades individuales de elección y de combinaciones.

El arte posmoderno ni tiene grandes pretensiones ni propósitos idealistas. A imagen y semejanza de las sociedades narcisistas e indiferentes busca únicamente la expresión por la expresión, la experimentación por la experimentación. Quiere y siente que tiene que expresar su libertad sin sentido ni propósito alguno, únicamente como acto reivindicativo, como experimentación, como pose.

El postmodernismo, por tanto,  como cultura basada en el ego, propugna ante todo la participación y la expresividad aunque sea esta absurda o carente de intención alguna.

La proliferación exagerada de actividades donde cada uno puede expresar su inquietudes artísticas van desde el teatro amateur a la música pop o rock, el entusiasmo por el baile, los trabajos artísticos y artesanales, la escritura, los deportes, los viajes, la cocina.

En este sentido, podemos pararnos un momento y observar con detenimiento  la necesidad de expresión colectiva, aunque sea esta carente de sentido, en un acontecimiento social sin parangón en ningún otro periodo histórico de la humanidad. Me refiero a aquellas performance donde un grupo de individuos sin propósito específico alguno se reúnen y expresan en público un algo que no dice nada, un hecho sin forma ni fondo, un actuar por actuar, un decir por decir.

Una de estas performance públicas y anónimas que se puso de moda fue aquella donde un grupo de personas se disfrazaban y comenzaban a bailar al tiempo que tatareaban “con los terroristas”. Es tal la aceptación del absurdo y del sinsentido en nuestras sociedades posmodernas que no recuerdo ninguna voz publica que criticase la banalización de algo tan serio y dramático como el terrorismo.

En la actualidad más reciente, otra performance con el mismo sin-sentido se ha puesto de moda, conocida con el nombre de “maneque challenge”. Sin caer en la banalización o ridiculización de la palabra terrorista, este acto grupal, en la misma línea que los anteriores, no tiene propósito ni intención alguna sino que únicamente busca el absurdo como acto reivindicativo de libertad. La expresividad sin forma ni belleza ni sentido como acto expresivo de pertenencia aunque sea una pertenencia al vacío.

La cultura, al igual que los demás ámbitos vitales que nos configuran, se ha vuelto personalizable.

el modernismo era una fase de creación revolucionaria de artistas en ruptura, el posmodernimo es una fase de expresión libre abierta a todos”.

Por otra lado, hay que destacar, que aunque el modernismo supuso el primer ensayo con éxito en la configuración de este nuevo individuo y sociedad, para Lipovetsky es en  “la aparición del consumo de masas en los USA en los años veinte, lo que convirtió el hedonismo –hasta entonces patrimonio de una minoría de artistas e intelectuales- en el comportamiento general de la vida corriente”.

 

Crisis de la democracia

Si el individuo siente, por tanto, que su vida se ha de regir por estos nuevos principios hedonistas, en el ámbito social. sin embargo, se está produciendo una segmentación contradictoria en tres órdenes diferenciados.

En el orden técno-economico se imponen principios racionalistas y funcionales tales como la utilidad, la productividad o  la eficacia. En la esfera del poder, la justicia y la igualdad, y en el ámbito cultural la exaltación del yo y el hedonismo, produciéndose, de este modo, una tensión estructural en la sociedad y sus individuos.

Lipovetsky afirma que “el hedonismo es la contraposición cultural del capitalismo(…). Por una parte la corporación de los negocios exige que el individuo trabaje enormemente, acepte diferir recompensas y satisfacciones. Por otra parte, la corporación anima al placer, al relajamiento, la despreocupación. Debemos ser concienzudos de día y juerguistas de noche”.

Si se analizan bien, las características de este individuo dual son las idóneas para mantener el engranaje perfectamente a punto del capitalismo. Individuos que durante el día producen de forma rápida y eficiente y durante sus periodos fuera del trabajo consumen en grandes cantidades, con lo que el círculo es un círculo perfecto. Al menos para mantener el sistema.

Estos espacios de consumo donde el individuo dispone de sus recursos y su tiempo atienden a la lógica de la seducción, donde prima el hedonismo y la personalización. No obstante, la lógica que subyace al entramado es una lógica tecno-económica donde todo se somete a los criterios de rentabilidad y eficacia. La publicidad y el marketing se encargan de promocionar estas necesidades atendiendo a dichos criterios.

Detrás de la ética del ocio  y del placer, de la igualdad y la expresividad hay miles y miles de horas de estudio intentando averiguar la clave de la eficacia y de la rentabilidad. Esto es; la clave del dinero.

Sin embargo, citando los trabajos de D.Bell, lipovetsky advierte que las consecuencias más dramáticas de este periodo narcisista-hedonista tienen su origen en la crisis espiritual que nos azota y que puede desembocar en hundimiento de las instituciones liberales.

El hedonismo tiene como consecuencia ineluctable la pérdida de la civitas, el egocentrismo y la indiferencia hacia el bien común, la falta de confianza en el futuro, el declive de la legitimidad de las instituciones.

¿Qué otra consecuencia se podría esperar de individuos centrados únicamente en su propia autosatisfacción? Valores como el civismo, la valentía o la voluntad no forman parte de su sistema de valores.

el hedonismo junto con la recesión económica crea una frustración de los deseos que el sistema apenas es capaz de reducir, y que puede formular soluciones extremistas y terroristas y llevar a las caídas de las democracias”.

A pesar de la indiferencia pura y del abandono de los grandes referentes ideológicos, la sociedad posmoderna sigue dando especial consideración a las democracias. Concibe, sin embargo a esta, como una segunda naturaleza, como algo que le ha venido dado desde siempre y, por tanto, como algo que no tendrá que luchar por defender.

 

La sociedad humorística

La relacion entre posmodernismo y sociedad humorísitica se basa en el manifiesto común de no aceptar como respetable absolutamente nada que pueda contener connotaciones de solemnidad, respetabilidad o grandeza.

Todo lo serio, todo lo grave o todo lo que parezca demasiado importante puede y debe ser rebajado bajo el suave manto del código humorístico. En este sentido, lo frivolo y lo grave se entremezcan y todo queda embalsamado y dispuesto para la risa.

Este humor posmoderno, a diferencia de otros periodos de la historia, no es un humor con finalidad, ni un humor satírico o agudo, tampoco es un humor con objetivo social sino que es un humor que invita a la relajación, a la no pretensión de tomarse nada en serio. Un humor, por tanto, que encaje perfectamente con con este tipo de sociedades relajadas y flexibles cuya hoja de ruta nos guia hacia el no conflicto y la relativización.

El código humorístico es el complemento, el <<aroma espiritual>> del hedonismo de masas.

Lipovetsky se pregunta el porqué de este enaltecimiento del mundo en forma lúdica, porque ese apogeo repentino de los comics, de los spots y titulares burlones y ligeros, y concluye que a pesar de haber un evidente interés del marketing, este hecho no bastaría para explicar cambios tan radicales en el individuo sino es entendiendo la nueva manera de ser y de estar este en el mundo, la cual se asocia con total sintonía con los valores del código humorístico, donde se aspira al placer y la expansión y se huye como de la peste de toda solemnidad de sentido.

Creo que viene bien al caso pararnos un momento en la realidad más inmediata y observar lo descrito por Lipovetsky. Si nos fijamos en ciertas series españolas de humor podemos ver esto claramente reflejado. En ellas, cualquier aspecto de la realidad, por trágico o dramático que sea, es perfectamente apto para impregnarlo de humor.  Bien sea un drogadicto, una prostituta, un joven delincuente en potencia, un machista, un parapléjico, todo encaja perfectamente dentro del código humorístico y es de una lógica aplastante pues si nada es serio, nada es grave  y entonces; ¿ por qué no reírnos de ello?.

Es interesante destacar también, como nuestro autor ve en este tipo de risa y humor una nueva formar de control del individuo y de los posibles movimientos sociales de protesta.

Al rebajar todo sentido de gravedad y solemnidad a la categoría de humor, los grandes valores o referentes a defender adquieren una realidad inconsistente, quedan integrados en la esfera de lo posiblemente lúdico. El individuo adquiere el sentido humorístico como principio regulador de una existencia a su vez lúdica y carente de sentido absoluto.

De  nuevo la paradoja del individuo que se siente más libre y más igual cuando en realidad está más controlado y atomizado.  “en eso se basa el prestigio social del humor, código de adiestramiento igualitario que debemos concebir aquí como un instrumento de socialización paralelo a los mecanismos disciplinarios”.

Incluso la violencia extrema se ha convertido en objetivo del humor, películas como mad max o el cine de Tarantino son ejemplos característicos del humor hard donde se conjuga sin rubor alguno la violencia extrema y lo cómico.

Sin duda, no hay elemento o circunstancia que escape del humor, inclusive la percepción de los otros. “A fuerza de personalización, cada uno se convierte para sus semejantes en un animal curioso vagamente extraño(…). EL otro no consigue chocar, la originalidad ha perdido su fuerza provocadora, solo queda la extrañeza irrisoria donde todo está permitido”.

Es por esto por lo que Lipovetsky se pregunta si el otro no se ha convertido en un verdadero extraño, un auténtico y estrambótico desconocido, por lo que resuelve que tal vez estemos ya  en un nuevo periodo de la historia donde se ha superado por saturación el igualitarismo y se ha pasado a  una sociedades <<pos igualitarias>>.

La sociedad basada en el principio del valor absoluto de cada persona es la misma en que los seres tienden a volverse zombis inconsistentes o cómicos; la sociedad en que se manifiesta el derecho de todos a ser reconocidos socialmente es también aquella en que los individuos no cesan de reconocerse como absolutamente idénticos a fuerza de hipertrofia individualista”.

 

Violencias salvajes, violencias modernas.

En este capítulo del libro, Lipovetsky intenta desentrañar el significado que nuestras sociedades occidentales otorgan a la violencia y su relación con el Estado, con la economía, y con las estructuras sociales.

Para nuestro autor la violencia  de sebe concebir como “un comportamiento dotado de un sentido articulado con el todo social”.

Para explicar esta concepción, Lipovetsky analiza diferentes momentos históricos y explica la relación que ha existido entre violencia y relaciones sociales. Intenta superar la visión simplista de concebir la violencia de los pueblos más antiguos con la lógica del salvajismo, la deshumanización o la lucha por el poder material.

Elementos más complejos como el honor o la venganza constituyen para el las verdaderas razones que explican el uso de esta.

A diferencia de lo que ocurre en nuestras sociedades, en las sociedades primitivas el individuo está totalmente subordinado a lo colectivo y las relaciones entre los hombres nunca son de indiferencia.

En tales sociedades, el individuo está sometido, por tanto, a la lógica del estatuto social, y los valores predominantes no son la autosatisfacción personal, la expresividad o la comunicación sino el sometimiento de su existencia a la lógica de dicho estatuto, al código del honor y al prestigio como principios regidores de toda identidad personal.

La venganza es, pues en estas, un imperativo categórico a cumplir y conlleva si es necesario perder la propia vida por conseguirla. Del mismo modo, se debe hacer la guerra por honor o venganza.

Sin embargo, con la llegada del estado la guerra cambió su sentido originario. Ya no se justifica como instrumento de equilibrio o conservadurismo social tal y como sucedía en las sociedades primitivas, sino que se utiliza para la expansión y la conquista.

Para Lipovetsky “el estado pudo constituirse sólo a condición de emanciparse, aunque fuera parcialmente, del código de la venganza, de la deuda  con los muertos, renunciando a identificar guerra y venganza. Entonces aparece una violencia conquistadora”.

La guerra deja de tener un sentido plenamente colectivo convirtiéndose ahora en la misión gloriosa del soberano y surgiendo con ello una nueva era del culto al poder.

En la Edad Media, la guerra como conquista conlleva una mayor especialización del ejército y la aparición de castas dentro del estamento militar. La mayoría de la población, los trabajadores rurales, se verán excluidos de una actividad demasiado alta para ellos.

Pero este desarme de las clases bajas, no significará su renuncia a la violencia, el honor o la venganza.

Con la diferenciación de la sociedad y sus individuos en órdenes jerárquicos comenzó también la distribución de estos en órdenes heterogéneos; guerreros y productores, honor noble y honor plebeyo, cada uno con sus códigos propios pero ambos todavía con una violencia tan extendida como cruel.

Con la venganza ocurrirá lo mismo. Aunque el estado intentó mitigar con su ejercicio la práctica de esta, lo cierto es que con sus limitaciones todavía no podían hacerse cargo, y la venganza familiar perduró especialmente.

Sin embargo, desde el siglo XVIII la civilización Occidental se ha visto dirigido por un proceso de suavización de las costumbres donde la violencia deja de tener cualquier connotación positiva, como bien lo demuestra el increíble descenso  de crímenes violentos desde este periodo hasta nuestros días.

La justificación de la venganza únicamente desaparecerá, por tanto, cuando las sociedades se empiezan a configurar en el orden individualista y su correlato, el Estado moderno, que será quien monopolice la legitimización de la fuerza.

Para Lipovetsky, por encima del estado, será la aparición del mercado como nueva forma de relación interindividual la causa principal que explique la desaparición progresiva de la violencia privada.

El Estado moderno, desde el absolutismo, ha ido fracturando lenta pero progresivamente los fuertes lazos anteriores de dependencia personal con el grupo,y esto ha dado lugar a la aparición del individuo autónomo.

No se puede negar, por tanto, el papel destacado del estado moderno en el surgimiento del individualismo, pero la misma importancia o más se ha de conceder a la economía de mercado y con ella la configuración del individuo atomizado que sustituirá el interés del grupo por su interés particular.

La economía de mercado conlleva un cambio radical en las relaciones del hombre con la comunidad. El individualismo no busca ahora tanto el honor o el prestigio del grupo como el bienestar, la propiedad, la seguridad y el dinero.

Esta inversión de las relaciones inmemoriales del individuo con la comunidad será la causa principal que explique el proceso de pacificación en nuestras sociedades.

Todas las sociedades que conceden prioridad a la organización del conjunto son de un modo u otro sistemas de crueldad. Y ello se debe a que la preponderancia del orden colectivo impide conceder a la vida y al sufrimiento personales el valor que le concedemos actualmente”.

Por primera vez en la historia no es un deber moral mantener desafíos y el juicio de los otros importa menos que mi propio interés personal. Por primera vez en la historia el uso de la violencia ya nada tiene que ver con el reconocimiento social.

Lipovetsky reconoce la relación que existe entre sociedades individualistas y humanización social. Al reconocerse los individuos como sujetos iguales, la percepción hacia el otro se humaniza. Aunque en un primer plano la relación que se establece entre individuos desconocidos sea la indiferencia, en un plano global cada cual reconoce en el otro a un igual con los mismos derechos y libertades.

Al desaparecer la asimilación de la identidad propia como ramificación de la identidad del grupo, el hombre adquiere conciencia no solo de su valor individual sino también del valor de los demás en cuantos individuos autónomos.

Sin embargo, Lipovetsky afirma que el proceso de pacificación entre los individuos no se produce tanto por ética o conciencia del otro como por híper-absorción individualista.

Dicha hiper-aborción individualista  conlleva, por tanto, la desubstancialización del otro, explicando este hecho la escalada de pacificación de nuestros días no tanto en términos de respeto como de indiferencia.

 “Esa es la paradoja de la relación interpersonal en la sociedad narcisista: cada vez menos interés y atención al otro, y al mismo tiempo un mayor deseo de comunicar, de no ser agresivo, de comprender al otro”.

Lipovetsiky nos explica la contradicción de una sociedad que por una lado comprende y respeta al otro como concepto global pero siente indiferencia hacia él en cuanto sujeto particular.  En este sentido vienen muy bien al caso aquellas palabras de Mafalda:

“Amo a la Humanidad, lo que me revienta es la gente”.

Hay un hecho, sin embargo, sobremanera importante que ha obviado nuestro autor en este asunto. Y es el increíble aumento de las poblaciones y, por tanto, las consiguientes emigraciones de núcleos rurales a urbanos. En tales núcleos es donde surgen las sociedades de consumo y es en ellas donde la indiferencia tiene un sentido, pues se antoja como un hecho imposible conocer a todo el mundo así como  formar parte íntegramente de una colectividad tan amplia, tan heterogénea y tan distinta. La indiferencia se explicaría, en este caso, más bien como una lógica de supervivencia ante la globalización que como una consecuencia de la híper-absorción individualista.

Afirmartambién Lipovetsky que en las sociedades hipermodernas esta identificación con el otro como sujeto indiferente pero a su vez digno del máximo respeto y valoración,  se extenderá incluso en el orden de lo no humano. La oleada de pacificación y la indeterminación de fronteras entre los distintos elementos de la realidad hace traer consigo la amplificación de  conceptos como paz, derecho o respecto, los cuales se verán como conceptos extendibles para todo aquello que esté vivo, bien sea hombre, animal o planta.

Además, “cualquier dolor, aunque sea un animal quien lo sufre, se vuelve insoportable para un individuo constitutivamente frágil, conmovido, horrorizado por la sola idea del sufrimiento

A pesar de esta pacificación generalizada, el individuo no se siente más seguro que nunca, mas bien se podría afirmar lo contrario, pues su sentimiento de vulnerabilidad y su fragilidad le fuerzan irresistiblemente a incrementar su sensación de peligro.

la inseguridad ciudadana resume de una forma angustiada la desubstancialización pormoderna”.

Este sentimiento de inseguridad refuerza la individualización como acto de protección frente a las amenazas externas.

Lipovetsky analiza también otro hecho tremendamente paradójico en nuestras sociedades:

El aumento de la representación de la violencia. Frente a un mayor descenso de la violencia en nuestras sociedades civiles, se da el caso de una mayor representación en el cine, el teatro o la literatura.

jamás el arte se había consagrado de este modo a representar la propia textura de la violencia”.

Nuestro autor encuentra la explicación a este fenómeno en la ausencia de códigos morales a transgredir cuya consecuencia inmediata será la huida hacia adelante. La representación de la violencia hard sin otro objetivo que producir nuevas y mayores sensaciones dentro de la espiral posmoderna del sentir y experimentar sin ausencia de barreras o impedimentos.

Como consecuencia de ese deseo de experimentación sin reglas, el proceso hard se extiende en prácticamente todas las esferas de las sociedades posmodernas: el sexo, la pornografía, la droga, las modas punks, skinheads, cuero, los sonidos altos en decibelios, el rock, el doping y el sobreentrenamiento de los atletas, la fiebre de la musculatura…

Cabe destacar que la extensión de lo hard no es una moda sino un proceso correlativo al orden cool, a la desestabilización y la desubstancialización narcisista al igual que la extensión del código humorístico.

Aunque es verdad que la violencia real en nuestras sociedades es concebida como elemento rechazable en todas sus formas menos en las escénicas y representativas, lipovetsky quiere destacar también, sin embargo, que en ciertos extractos de la sociedad la violencia no solo no se ha reducido sino que ha incrementado en cantidad y radicalidad.

Los individuos que no pueden acceder en su plenitud al sueño de la personalización; los marginados culturalmente, los inmigrados y los jóvenes procedentes de familias de inmigrados así como ciertas minorías raciales, verán en la violencia una forma de expresar su atribulado desorden vital entre querer y poder.

Asimismo la violencia antaño característica del mundo del hampa profesional, ahora se ha desprofesionalizado en gran medida y proliferan actos criminales sin orden ni planificación, reflejando a veces una increíble descompensación entre fin insignificante y criminalidad hard.

“La violencia hard, desesperada, sin proyecto, sin consistencia, es la imagen de un tiempo sin futuro que valoriza el <<todo y pronto ya>>”.

 

 Individualismo y revolución

En el último capítulo de la era del vacío, Lipovetsky nos propone un acercamiento al periodo revolucionario de la edad moderna, estableciendo una relación inseparable entre individualismo y periodo revolucionario.

Solo en las sociedades individualistas el sujeto particular se considera por encima del conjunto social. En las sociedades estrictamente jerarquizadas, el individuo no tiene una existencia independiente y se le antoja por ello impensable cualquier acto subversivo que derroque el orden establecido.

Este cambio crucial en la consideración que el propio individuo tiene sobre su identidad y su relación con el conjunto social son el factor determinante para explicar las luchas de clases y sus continuas revoluciones en la edad moderna.

Un periodo donde las instituciones sociales han perdido su aura sagrada y se busca la imposición abrupta de un nuevo orden social e ideológico.

Las ideologías vendrán a ocupar el lugar de las instancias religiosas y los individuos adquieren una nueva conciencia colectiva a través del conflicto con sus antagónicos. Lipovetsky destaca que alrededor de las ideologías el individuo retoma su sumisión a unos principios colectivos, y superpone el casi recién surgido individualismo a un agrupación superior a él cuyo nexo de unión son los enfrentamientos de clases y de valores.

Con la era individualista se abre la posibilidad de una era de violencia total de la sociedad contra el Estado, una de cuyas consecuencias será una violencia no menos limitada del Estado sobre la sociedad”.

Sin embargo, con la llegada del posmodernismo a principios del siglo XX, “el individualimo contribuye desde ahora a eliminar la ideología de la lucha de clases. En los países occidentales desarrollados, la era revolucionaria ha concluido, la lucha de clases se ha institucionalizado (…). En todas partes prima la negociación sobre los enfrentamientos violentos”.

La segunda revolución individualista tiene en el proceso de personalización el motor que lo impulsa y en el abandono progresivo de la res publica y de las ideologías su verdadero status social. El narcisismo anula cualquier vocación universal y cualquier principio rígido que postule antagonistas será rechazado de plano por el nuevo individuo tolerante y móvil.

La sociedad cool y pacifica se ha impuesto a la sociedad revolucionaria, para bien y para mal.

 

Algunas reflexiones sobre “La era del vacío”

Las sociedades desarrolladas de Occidente se encuentran inmersas en una profunda crisis de identidad y de valores. Cualquier persona que sea capaz de ver a más de un metro de distancia de su propia figura es capaz de constatar este hecho con total nitidez.

A pesar de la claridad del asunto, un libro como la era del vacío, es de obligatoria lectura para tener cerca de nuestro intelecto una especie de compendio o vademécum de la estupidez humana actual.

Si bien es cierto que hemos mejorado en muchas cosas respecto a nuestras antepasados, es también un hecho constatable que en  muchos otros hemos dado una salto evolutivo, pero no un salto evolutivo hacia adelante, ni siquiera un salto hacia atrás, sino un salto hacia la nada, hacia el vacío.

Pocos son los aspectos de la realidad en que vivimos que Lipovetsky haya dejado sin explicar o si acaso sin mencionar.  Desde la política  al arte, la psicología, el cine, el sexo, los deportes, la violencia, las relaciones interpersonales… y todos con una contundencia y dureza que va en contra de nuestro actual espíritu cool.

Su estilo no nos regala precisamente la claridad y la elegancia como cortesía, tal y como proponía el maestro Ortega y Gasset, sin embargo es digno de alabar el esfuerzo titánico de querer mostrar no ciertos aspectos de estas sino la profundidad del todo y el sentido del conjunto.

Y el resultado de su análisis no es demasiado esperanzador. Un nuevo individuo anda suelto entre nosotros, y no es aquel ni ese otro que ves más allá, sino que somos tú, yo y aquel los representantes de este nuevo hombre hijo del hedonismo y del relativismo.

El mismo hecho de que alguien piense al leer el párrafo de más arriba que quién escribe esto es un machista por englobar el género masculino y femenino bajo la unicidad del concepto hombre es ya una pequeña muestra de que Lipovetsky tenía razón.

El hombre actual es, además, posiblemente el hombre más ingenuo de la historia. A pesar de tener a su disposición gigantescas y suculentas porciones del pastel de la vida que antes eran impensables para cualquier persona que no fuese rey o príncipe, e incluso para ellos tampoco, siente que la vida le debe algo, que la política le debe algo, siente en fin, que se puede vivir solo a base de solicitar y satisfacer deseos.

Para ello Lipovetsky inteligentemente ha escrito la era del vacío, para ponernos un espejo delante  de notros y que observemos que esos deseos que tan ingenuamente creemos como propios ni siquiera son nuestros sino que nos han seducido para que así lo creamos.

Tenemos más acceso la comunicación que nunca y sin embargo nunca la soledad ha inundado tanto el espíritu de una época. Tenemos también más posibilidades de acceder a la cultura que en ningún otro periodo de la historia, y sin embargo no somos más cultos ni más inteligente; primero porque vivimos en sociedades poco profundas y segundo porque para ser un poco más inteligente primero hay que saber que no se sabe, cómo bien ya hace muchos siglos dijo el pequeño maestro griego.

Interpretando hiperbólicamente en una frase el sentido que Lipovetsky quería dar a la era del vacío, se me vienen a la cabeza tres párrafos que, tal vez, el mismo podría haber escrito.

Esta es la época que nos ha tocado vivir, y esta es la estupidez y el vacío al que nos enfrentamos, no propongo soluciones ni ofrezco fórmulas mágicas. Solo quiero que esto conste y que se sepa. Nada más y nada menos.